¿Cómo deviene uno un terapeuta?
Hace muchos años, cuando comencé a supervisar terapeutas me hice esta pregunta: de inicio, se requieren de muchos años de formación de los procesos básicos de la mente, psicopatología, psicofarmacología, neurociencias y modelos de tratamiento entre otros. Algunas de estas competencias teóricas informan acerca de cómo funciona nuestro cuerpo, cerebro y mente y otras, más centradas en la clínica, sugieren qué hacer en situación prototípicas (en el mejor de los casos) y no informan acerca de cómo hacer psicoterapia. Luego, la obtención de la matrícula profesional, requisito indispensable para ejercer, pero que no ofrece formación acerca del ejercicio. También se precisan determinadas habilidades interpersonales para ser terapeuta: empatía sin sobre involucrarse, la capacidad de aplicar y sostener límites, la posibilidad de suspender el propio juicio y la opinión propia (y orientar a pacientes en contra de nuestra opinión), la atención a lo que los pacientes y sus familias dicen y lo que no dicen y -cierta- estabilidad emocional y autoconocimiento. Y práctica, mucha práctica supervisada.
Un terapeuta debe desarrollar la capacidad de posicionarse frente a un paciente y familia en el rol profesional atendiendo aspectos éticos y pragmáticos, pudiendo leerlo clínicamente y llevar a cabo el mejor tratamiento posible para él. ¿Qué es la práctica supervisada? Es el ejercicio de la profesión con más ojos, oídos y sensaciones que los propios. Es el espacio en donde se entrenan alternativas para ver lo que uno ve y mirar otras opciones a lo que es evidente para el terapeuta.
Me gustan las metáforas. Observemos este cuadro de Antonio Berni (“Jujuy” 1937).

En él, podemos observar mucho color, una escena con personas a la derecha sentadas dentro de arcadas, una mujer de espaldas en el centro y otro grupo de personas a la izquierda conversando. Si nos tomamos un momento más, comenzamos a ver detalles y formas a las que en el inicio no hemos prestado atención: hay texturas, hay elementos a los que no les prestamos atención (por ejemplo, una caravana bajando una montaña) y colores más sutiles en el fondo de la obra. Cada pincelada cuenta una historia diferente y los tonos y formas que antes parecían uniformes muestran matices. La luz y la oscuridad, los gestos, los atuendos nos orientan y nos evocan historias y emociones que las acompañan. La supervisión ayuda al terapeuta a preguntarse por esa historia que relata, a observar lo no contemplado, a tener una visión más panorámica de su narrativa (¿“Qué se vería del otro lado de la calle en “Jujuy”?) o, a la inversa, más microscópica (¿” Qué verduras tiene el muchacho de la izquierda en la imagen”?). Lo que el terapeuta no vio de inicio nos relata otro relato posible que construimos con él en la práctica supervisada. Hay otras historias, más sutiles que los supervisores ayudamos a los terapeutas a observar.
Ahora bien, ¿supervisores? El punto ciego es una zona de la retina donde el nervio óptico sale del ojo, y le faltan células fotorreceptoras. El cerebro suele compensar esta falta de información visual utilizando la información del otro ojo y rellenando virtualmente la zona del punto ciego. Es infrecuente que nos encontremos con ese vacío habitualmente porque el otro ojo y el cerebro se encargan de suplir esa información. Lo mismo ocurre en la terapia. Con determinados temas, situaciones o estados de ánimo “rellenamos” información del terapeuta (no del paciente) de una manera inconsciente: no vemos que no vemos. En otras ocasiones, tenemos claro que existen aspectos de los pacientes nos atraviesan de una manera particular y debemos tener cuidado de respetar los espacios y pertinencias profesionales. Para muchas de estas situaciones el espacio de supervisión permite un buen ejercicio profesional además de favorecer el autocuidado del terapeuta. Superviso mis pacientes con colegas semanalmente porque no hay experiencia que subsane el punto ciego y todo lo que la clínica despierta en términos personales. No se puede ver todo, pero dos personas perciben más que una.
Como toda práctica hay un ejercicio que influye en llevarla a cabo de una manera cómoda para uno/a. Y acá es donde, más allá de “qué se debe hacer en determinadas situaciones clínicas” aparecen las múltiples formas del cómo hacer: los estilos de cada terapeuta. Habrá terapeutas más serios, más estructurados y habrá otros descontracturados, habrá terapeutas que utilizarán el humor y otros que hagan uso de objetos-referentes en sus prácticas. La supervisión permite el ensayo en la intimidad de diferentes modos de decir lo mismo, muchas veces en role-playing con los terapeutas, buscando cuál de todas las formas posibles le es más cómoda al terapeuta.
Es un rol muy desafiante, con muchos atravesamientos que disfruto enormemente.
Nicole Harf, marzo 2025